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Diez señas para sobrevivir

Por: Carol Colmenares

La doctora Juanita M. Rodríguez Colon nos recibe en su casa en Cayey, Puerto Rico.  Nos avisa que el gallo que se oye, es del barrio,  porque contrario a lo que se piensa, los gallos no solo cantan en la madrugada si no cuando les da la gana.  Se llama Juana M. en los documentos legales, y aunque ya ha hecho las paces con su nombre le queda la espinita de que su madre la quería llamar Myrna “pero como era mi papá quien me inscribió, me puso a su gusto, Juana.” 

Esta historia comienza en Salinas, un pueblo costero en la parte sur de la isla donde se encontraba la Central Azucarera Aguirre que durante casi un siglo era el único medio de empleo para la población, incluyendo el papá de Juanita que era el barrendero. El  barrio, aunque pobre, tenía de todo: una iglesia, una escuela elemental, una secundaria y una comunidad vibrante donde todos se conocían puesto que trabajaban en el mismo sitio y celebraban las mismas fiestas patronales todos años. “Yo no veía la hora de que llegara junio, porque traían orquestas y artistas y lo disfrutabamos muchísimo”.  Esbozando una leve sonrisa, Juanita nos cuenta que le encantaba cuando un primo hermano de su papá llegaba en el carro y los llevaba a ella y sus siete hermanos a dar  un paseo por el pueblo. En una época donde la seguridad automotriz quedaba ahogada entre las risas y gritos de los niños. El mar, a pesar de estar tan cerca, le era prohibido. Como es bien sabido, la gente que crece junto al mar, admira sus encantos y respeta sus misterios. “Yo nunca aprendí a nadar, porque mami no nos dejaba ir solos y me hubiera gustado aprender, lo más que podía hacer era mojarme los pies.”

A Juanita no solo le gustaba la fiesta, también le encantaba leer. Este hábito, una influencia directa de su madre, que a pesar de cursar solo hasta el tercer grado, era una “lectora voraz”... “Y yo sé que aprendí de ella porque después de hacer todas sus tareas ella se sentaba en la mesa del comedor a leer, y yo me sentaba a leer también, y a mí me daba cosa y porque se me acababan bien rápido los libros”. En la escuela, al finalizar el año, la maestra le regalaba los carteles y Juanita los llevaba a su casa y todo el que estuviera ahí tenía que sentarse a escuchar la lección. Y tal vez esa perseverancia y disciplina fue lo que vieron sus maestros, “tú tienes que seguir adelante, tienes que salir de esto”, le decía su maestra de inglés aunque ella no supiera qué era “esto”. En secundaria, tuvo un director que la acogió bajo su ala, “y cuando yo estaba en el en el grado 11, nos mandaron a los estudiantes que teníamos promedio sobresaliente a tomar el examen de entrada a la universidad”. Así Juanita terminó la escuela superior con 12 créditos de la Universidad Católica de Ponce. “Eso también me motivó porque en casa yo soy la primera en entrar a la universidad”.

Rodeada de cariño y apoyo es la infancia de Juanita. Lo poco o mucho que tuvieran se compartía. “Pero cuando yo iba creciendo, a mí me preocupaba que a nosotros no nos invitaban a los cumpleaños, a todo íbamos a todos juntos, la misma iglesia, la misma plaza. Pero cuando había una fiesta, específicamente a nosotros no nos invitaban. Y yo le preguntaba a mi mamá y ella decía calle esa boca. Eso no es asunto suyo”.  

Solo al  llegar a la universidad a estudiar consejería en rehabilitación, Juanita cae en la cuenta de que la exclusión de esas fiestas es por su hermano Mickey que tenía impedimentos múltiples. “Él escuchaba pero no hablaba”. Sobre todo en los primeros años, Mickey gritaba para poder comunicarse “y eso a la gente no le gustaba”.   “Yo no me percato del prejuicio, sabía que estábamos excluidos, pero no entendía por qué hasta que hasta que estudio y veo la teoría, veo las investigaciones y eso lo que me mueve al campo de la educación y la rehabilitación de las poblaciones con necesidades”. Atando cabos, Juanita descubre que Mickey y su mamá habían desarrollado un lenguaje de señas. “Diez señas, que básicamente eran para su sobrevivencia - por ejemplo, comer. que necesitaba ir al baño, que necesitaba que lo afeitaran, cuando quería tomar leche en vez de jugo o agua”.

Con ese temple de las mujeres caribeñas y con la certeza de quien sabe lo que hay que hacer, la madre de Juanita se dedica completamente a la crianza de Mickey y a su vez  a enseñarle a sus hijas a trabajar con su hermano. Cuando Juanita reflexiona y mira hacia atrás se da cuenta que en el barrio había tres personas con la misma condición de su hermano - era la época de la meningitis en Puerto Rico, unos más severos otros menos. Y como es bien sabido entre latinos: o todos en la cama, o todos en el suelo - así, la familia de Juanita queda por fuera de las reuniones más formales.  Es su madre, su escudo, quien las protege de las burlas y las discriminaciones y es ella quien les infunde el respeto y la responsabilidad por Mickey, que aunque no hable, ni camine, es parte integral de la familia. 

“El prejuicio es adquirido, y si los adultos tienen esas actitudes de rechazo, es rechazo a lo que no conocen”.

La fortuna favorece a los audaces, y la oportunidad se presenta cuando unos profesores de New York University (NYU) visitan Puerto Rico para dar un adiestramiento en el lenguaje de señas. “Yo capté las señas  bien rápido, y entonces me atreví a preguntar si me daban una beca”.  Así pudo viajar a Estados Unidos a trabajar en el Research Center de NYU con  beca de fondos federales de preparación de personal para trabajar con sordos. Ahí completa su maestría.  Poco después logra hacer su doctorado en Currículo y Enseñanza en Educación del Sordo en Penn State University. 

Uno de sus mayores sueños era regresar como profesora a su alma mater, el recinto de Cayey. “Exactamente a los 10 años de haberme graduado de bachillerato ya con una maestría y un doctorado me reclutaron”. Al año siguiente la llaman a dirigir el programa de preparación de maestros de sordos en la facultad de Estudios Graduados de Educación, Recinto de Río Piedras. “Que yo fuera a estudiar a la universidad de Puerto Rico era una cosa, pero que yo fuera como profesora, fue una cosa maravillosa”, nos dice Juanita llena de orgullo. A pesar de sus logros y estudios, Juanita fue recibida con recelo, y muchas veces tuvo que plantarse y defender lo que justamente se merecía. “Estoy aquí por lo que sé, no por quien conozco”,  fue su respuesta y su mantra a quien cuestionara su lugar. “Fue un gran reto y también uno de los mayores logros”. El esfuerzo y sobre todo compartir lo que sabía con la gente de educación especial no fue en vano. Juanita llegó a ser decana de la facultad y una voz activa en la comunidad con sordera y sordoceguera. “Yo he sido vocal en ese sentido de velar por los derechos de otros”.

Hace casi veinte años, Juanita recibió una llamada de Maria Victoria Diaz, CEO de Dicapta, invitándola a participar en una propuesta de accesibilidad a los medios audiovisuales.  Cuando finalmente pasó al teléfono, Juanita hizo saber su posición inmediatamente; no le interesaba otro proyecto en el cual se usara la comunidad sorda y puertorriqueña para beneficio de otros. Maria Victoria coincidió. Fue el comienzo de una larga colaboración en la cual se han presentado proyectos, investigaciones y resultados en beneficio de las poblaciones hispanoparlantes con impedimentos sensoriales.  

“Yo creo que he logrado más de lo que soñé cuando estaba en mi barrio. Me gustaría seguir ayudando a la comunidad sorda, para que alcancen el respeto que se merecen”.

Juanita usa la palabra emprendedora para describirse a sí misma. Le encanta viajar y su trabajo y perseverancia la han llevado desde Australia hasta Argentina. La podemos encontrar en Cayey con un buen plato de arroz con habichuelas o pollo frito, tal vez escuchando algunos éxitos del Gran Combo y pensando en su próximo proyecto: Un libro sobre la cultura de los sordos puertorriqueños.

Juanita, con un sombrero de paja, sonríe. Arboles altos aparecen en el fondo.

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